Cada gran tecnología llega haciendo ruido. La imprenta cambió la manera de reproducir las ideas. Internet transformó cómo circulan las obras. Las plataformas alteraron cómo descubrimos, consumimos y pagamos por la cultura. Ahora la inteligencia artificial vuelve a mover el suelo bajo nuestros pies. Y quizá la pregunta no sea si podemos detenerla. Quizá sea qué vamos a hacer con ella.
En este episodio de Intangiblia ™ converso con María José de la Fuente y Martha Elena Caviglia Queirolo sobre autores, gestión colectiva, tecnología, licencias y una inteligencia artificial que todavía estamos aprendiendo a comprender. Las dos llegan a esta conversación desde trayectorias distintas, pero comparten una convicción: en medio de tantos cambios, el creador no puede desaparecer de la ecuación.
Una vida entre autores
María José llegó a AGADU con apenas veinte años y sin saber realmente qué era la gestión colectiva. Lo que comenzó como un trabajo terminó convirtiéndose en una carrera de casi tres décadas entre autores, obras, licencias, transformaciones tecnológicas y nuevos desafíos.
Hay algo particularmente bonito al escucharla hablar de ese recorrido. No describe la gestión colectiva como una estructura fría que recauda y distribuye dinero, sino como un trabajo profundamente ligado a las personas que crean.
Las herramientas han cambiado. Las formas de consumir cultura también. Pero para María José, la esencia permanece: representar a los autores, defender sus derechos y encontrar mecanismos que permitan que reciban una compensación por el uso de sus obras.
Todo empezó con Sócrates
La historia de Martha comienza de manera completamente diferente.Era estudiante de Derecho cuando llegó tarde a una clase cargando los libros que acababa de comprar. El profesor hablaba de Sócrates, de conocimiento y de gratuidad. Martha, mirando los libros del propio profesor por los que acababa de pagar una pequeña fortuna, levantó la mano y le preguntó si entonces pensaba devolverle el dinero.
La pregunta hizo reír a sus compañeros, pero algo quedó haciendo ruido.
¿Dónde termina el acceso al conocimiento y dónde comienza el derecho de quien lo crea?
Años después, esa inquietud la llevaría al derecho de autor y a una idea que atraviesa toda nuestra conversación: el acceso a la cultura puede ser libre, pero eso no significa que la creación no tenga un costo ni que quien crea deba trabajar gratuitamente.
La casa del creador
Una de las imágenes más poderosas del episodio surge cuando hablamos de gestión colectiva. Martha la define como la casa del artista. Una casa donde el creador debería poder entrar para entender sus derechos, recibir orientación, profesionalizar su trabajo, encontrar representación y, por supuesto, cobrar por el uso de aquello que crea.
Porque un autor individual difícilmente puede vigilar cada radio, plataforma, territorio o utilización de su obra. Mucho menos negociar solo frente a algunas de las mayores empresas tecnológicas del mundo. Ahí aparece la fuerza del colectivo.
María José explica cómo las sociedades operan mediante acuerdos de representación, licencias regionales y estructuras que reúnen repertorios para negociar en bloque. La tecnología ha hecho que las obras viajen mucho más lejos, pero también ha vuelto mucho más compleja la tarea de identificarlas, administrarlas y remunerarlas.
La respuesta, para ambas, no es menos gestión. Es una gestión más transparente, más tecnológica y más cercana al creador.
Y entonces llegó la IA
La inteligencia artificial entra en esa historia como entraron antes otras tecnologías: ofreciendo posibilidades extraordinarias y planteando preguntas incómodas.
Puede ayudar a identificar obras, procesar enormes cantidades de información, acelerar registros y hacer más eficientes procesos que antes consumían incontables horas. Para una sociedad de gestión colectiva, eso podría significar mejores datos, respuestas más rápidas y, potencialmente, que los creadores reciban sus pagos con mayor eficiencia.
Pero después aparece la otra parte de la conversación.
¿Qué ocurre cuando una obra incorpora inteligencia artificial?
¿Cuánto de esa creación pertenece al autor?
¿Cómo se declara?
¿Cómo se remunera?
¿Y qué sucede con las obras utilizadas para entrenar los sistemas que luego producen nuevos contenidos?
Las preguntas se multiplican mucho más rápido que las respuestas.
La herramienta también puede empezar a guiar la mano
Hay una reflexión de Martha que me pareció especialmente interesante. Algunos artistas que comenzaron a utilizar herramientas de IA para facilitar aspectos técnicos de su trabajo descubrieron algo inesperado: poco a poco, los algoritmos empezaron a guiarlos hacia determinadas decisiones creativas.
La herramienta que originalmente ayudaba a ejecutar una idea también comenzaba a influir en ella. Ese riesgo va mucho más allá de preguntarnos si una máquina puede crear. La pregunta también es: ¿qué pasa cuando dejamos de notar cuánto está interviniendo en nuestras propias decisiones?
Con la IA, conservar una voz propia puede convertirse en parte del oficio creativo.
Proteger o participar
Una de las discusiones más complejas gira en torno al opt-out, la posibilidad de manifestar que determinadas obras no deben utilizarse en ciertos procesos de minería o entrenamiento.
Pero Martha plantea una dificultad muy concreta: muchas herramientas ya han sido entrenadas. Mientras el derecho debate cómo responder, la tecnología continúa avanzando.
Por eso introduce una idea que cambia el tono de la conversación: además de discutir prohibiciones, excepciones y nuevos marcos jurídicos, quizá debamos concentrarnos urgentemente en cómo licenciar. Cómo construir modelos que permitan utilizar la tecnología sin borrar de la cadena de valor a quienes produjeron las obras que la hicieron posible. No es una solución sencilla. Pero tampoco lo fueron las respuestas a internet, al streaming o a las plataformas digitales.
¿Socia o enemiga?
Volvemos entonces a la pregunta que da título al episodio. ¿La inteligencia artificial va a ser socia o enemiga del autor? Tal vez todavía sea demasiado pronto para responder.
Puede convertirse en una herramienta extraordinaria. Puede ahorrar horas de trabajo, abrir nuevas posibilidades creativas y permitir que las organizaciones pequeñas procesen información que antes requería enormes recursos. Pero también puede erosionar el valor del trabajo creativo si olvidamos de dónde vienen las obras, los textos, la música, las imágenes y las ideas que alimentan estos sistemas.
La diferencia probablemente no estará solamente en la tecnología. Estará en las reglas que construyamos alrededor de ella, en las licencias que negociemos, en la transparencia que exijamos y en cuánto espacio conserven los propios creadores para participar en esas decisiones.
Aprender a usarla sin dejar de pensar
Hay algo casi irónico en este episodio: mientras hablamos de inteligencia artificial, Martha cuenta cómo ella misma la utiliza para navegar documentos, encontrar información y acelerar investigaciones que antes le habrían tomado días.
Pero también explica que tiene que verificar: Leer. Corregir. Dudar. Pensar.
Y ahí quizá esté una de las habilidades más importantes para la época que estamos entrando. No competir con la máquina en velocidad, sino conservar aquello que nos permite decidir cuándo la máquina está equivocada.
La IA puede ayudarnos a encontrar una respuesta. El pensamiento crítico sigue siendo lo que nos permite saber si debemos creerla.
Abrazar el arte y unir fuerzas
Después de más de una hora hablando de leyes, algoritmos, plataformas, licencias y revoluciones tecnológicas, la conversación termina regresando al lugar donde comenzó: las personas.
Mente abierta. Trabajo en equipo.
Y, sobre todo, una invitación a los creadores a apropiarse de su arte y unir fuerzas. Porque detrás de cada discusión sobre modelos de IA, bases de datos, licencias o gestión colectiva existe algo que ninguna tecnología debería volver invisible: alguien tuvo que escribir primero la canción, imaginar la historia, dibujar la imagen, dirigir la película o encontrar las palabras.
La tecnología seguirá cambiando.Las herramientas también. Pero si queremos que la inteligencia artificial llegue a ser socia del autor y no su sustituta, el creador tendrá que seguir teniendo voz en la construcción de lo que viene.
🎧 Escucha “María José de la Fuente & Martha Caviglia: ¿La IA va a ser socia o enemiga del autor?” en Intangiblia, una conversación sobre gestión colectiva, creatividad, inteligencia artificial y cómo construir un futuro tecnológico en el que crear siga teniendo valor.
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La inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta poderosa cuando sabemos qué queremos crear, qué valor aportamos nosotros y cómo proteger lo que desarrollamos. Protección para la Mente Inventiva es mi cuaderno de trabajo interactivo para ayudarte precisamente en ese proceso. A través de ejercicios prácticos, muchos de ellos diseñados para trabajar con herramientas de IA, aprenderás a explorar y desarrollar tus ideas, identificar sus activos de propiedad intelectual y utilizar la tecnología con mayor intención y criterio. Porque el reto no es crear al margen de la IA, sino aprender a trabajar con ella sin perder de vista el valor de lo que tú aportas.
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