Elia Maqueda estaba leyendo El viejo y el mar y no le gustaba. Se lo dijo a su profesor de inglés y él le respondió algo que terminaría cambiando su vida: quizá el problema no era Hemingway. Quizá era la traducción. Aquella posibilidad la fascinó. ¿Podía una traducción cambiar nuestra relación con un libro, incluso con un autor entero? Años después, esa curiosidad se convertiría en profesión. Marta Sánchez Nieves llegó a la traducción por otro camino. En su último año de Filología Eslava, traduciendo Eugenio Oneguin de Pushkin, descubrió la emoción de llevar una voz de una lengua a otra sin perder su esencia. Allí entendió que quería dedicar su vida a eso.
En este episodio de Intangiblia ™ , converso con Elia y Marta sobre todo lo que ocurre entre un libro escrito en una lengua y el lector que finalmente lo abre en otra. Hablamos de literatura, derechos de autor, contratos, remuneración, asociaciones profesionales, inteligencia artificial y de una profesión que muchas veces consigue hacer su trabajo precisamente cuando el lector olvida que está ahí.
La persona que existe entre dos libros
Una buena traducción puede sentirse tan natural que casi desaparece. Leemos a Dostoyevski, Hemingway o a una autora australiana y, durante unas horas, sentimos que sus palabras han llegado directamente hasta nosotros. Pero alguien tuvo que tomar miles de decisiones para que eso ocurriera. Ritmo, tono, referencias culturales, registros, humor, silencios, palabras que no tienen un equivalente perfecto. Traducir no consiste simplemente en sustituir una palabra por otra. Consiste en comprender suficientemente bien una voz para permitirle vivir en otro idioma sin dejar de reconocerse.
Ese trabajo también puede dar una nueva vida a una obra. Marta cuenta cómo su traducción de Noches blancas, de Dostoyevski, publicada años atrás y premiada por su trabajo de traducción, encontró inesperadamente una nueva generación de lectores gracias a TikTok e Instagram. Un clásico escrito en otro siglo volvió a circular entre jóvenes que lo recomendaban para San Valentín, e incluso, para sorpresa de Marta, para Halloween. La historia seguía siendo la misma, pero una nueva traducción, una nueva edición y una nueva comunidad de lectores la habían puesto otra vez en movimiento.
No existe un español sin lugar
En algún momento de la conversación aparece esa expresión tan tentadora para quienes quieren llegar a muchos mercados con una sola versión: “español neutro”. Elia y Marta lo cuestionan de inmediato. El español que hablamos lleva el lugar donde crecimos, nuestras expresiones, nuestros ritmos y hasta nuestras maneras de entender el mundo. Intentar eliminar todo eso puede hacer que el idioma sea aparentemente más universal, pero también mucho menos vivo.
Esta parte de la conversación me tocó especialmente como dominicana. Quienes hablamos español en países distintos pasamos la vida descubriendo palabras ajenas, explicando las nuestras y riéndonos cuando una misma expresión significa algo completamente diferente al cruzar una frontera. Esa diversidad no es un problema que haya que corregir. Es parte de la riqueza del idioma. Traducir también significa decidir cuánto de esa riqueza dejamos entrar en una obra y resistir la tentación de convertir todas nuestras voces en una sola.
Una profesión que se ejerce a solas, pero no se sostiene sola
La imagen cotidiana del traductor tiene algo de aislamiento: una persona frente a un ordenador, un libro abierto, documentos, notas y horas intentando resolver una frase que se resiste. Pero Elia y Marta cuentan una historia diferente cuando hablan de su comunidad profesional. Asociarse les permitió entender contratos, conocer sus derechos, recibir asesoramiento y, sobre todo, encontrar a otras personas que entendían perfectamente los problemas de una profesión tan particular.
Marta recuerda incluso a una compañera que durante una época le enviaba buena parte de los encargos que no podía aceptar ella misma. La llama su “ángel de la guarda”. Esa generosidad dice mucho de una profesión donde el trabajo cotidiano puede ser individual, pero el crecimiento rara vez lo es. Una colega recomienda a otra, alguien resuelve una duda lingüística, otra persona comparte una experiencia contractual y las asociaciones convierten muchas voces pequeñas en una voz colectiva capaz de sentarse frente a editoriales, instituciones y gobiernos. “Sola no puedes”, dice Elia en un momento. Marta completa la idea con algo mucho más sencillo: con amigas, sí.
Amar los libros también tiene que permitirte vivir
Hay profesiones que hemos romantizado tanto que casi parece incómodo hablar de dinero. La traducción literaria es una de ellas. Se supone que trabajar con libros es hermoso, y lo es, pero esa belleza no paga una vivienda, una factura ni la comida de una familia. Marta lo resume con una pregunta elemental: si la editorial va a vender el libro, ¿por qué quienes participan en crearlo deberían trabajar como si ese valor económico no existiera?
Elia y Marta hablan de tarifas que llevan años sin evolucionar al mismo ritmo que el costo de vida, de contratos que deberían formalizar por escrito las condiciones de una relación profesional y de la importancia de reconocer públicamente a quien traduce. Su nombre en una portada no sustituye una remuneración digna, por supuesto, pero la visibilidad también importa. Es difícil defender el valor de una profesión cuando quienes la ejercen permanecen invisibles. Detrás de cada libro traducido existe una persona que dedicó tiempo, conocimiento y una enorme atención para encontrar las palabras que nosotros terminaremos leyendo como si siempre hubieran estado ahí.
Hay voces que conocemos porque alguien fue a buscarlas
Uno de los momentos que más me gustó de nuestra conversación aparece cuando Marta habla del traductor como garante de la bibliodiversidad. La traducción no solamente permite que un bestseller viaje de un mercado a otro. También puede buscar las voces que todavía no conocemos, acercar literaturas de países que casi nunca llegan a nuestras librerías y abrir una puerta para autores que escriben en lenguas con menos presencia internacional.
Para mí, esa idea tiene algo profundamente hermoso. Muchos de los libros que forman parte de nuestra vida llegaron a nosotros porque alguien construyó ese puente. Yo misma leí por primera vez El conde de Montecristo, uno de mis libros favoritos, en español. Antes de aprender otros idiomas, mi mundo literario dependía de las personas que habían traducido para mí. Cada traducción puede ser ese puente para otra persona. Y cuanto mayor sea la diversidad de quienes cruzan por él, más grande se vuelve nuestro propio mundo.
Saber traducir también significa saber protegerse
Cuando les pregunto qué les dirían a quienes comienzan, las dos terminan llegando al mismo lugar: conocer los propios derechos. Una traductora puede dominar varias lenguas, conocer profundamente dos culturas y escribir maravillosamente bien, pero si no entiende el contrato que está firmando, las condiciones que puede negociar o los derechos que está cediendo, le falta una herramienta esencial de su profesión.
Me gustó especialmente cómo Marta lo plantea: la legislación que regula tu trabajo también forma parte de tu caja de herramientas. Aprendemos atajos de Word, investigamos terminología y hacemos cursos para perfeccionar una lengua. Entender un contrato debería sentirse igual de natural. También hay una lección importante para quienes empiezan: no todo vale simplemente porque sea el primer encargo. Las condiciones que aceptamos al inicio pueden convertirse en el punto de partida de todas las negociaciones que vienen después.
Cuando la tecnología empieza a traducir
Y entonces llegamos inevitablemente a la inteligencia artificial. Para la traducción, la conversación no es teórica. Hace años que muchos profesionales han visto cómo ciertos clientes dejan de encargar una traducción completa y solicitan, en cambio, revisar un texto producido automáticamente. La promesa es eficiencia. La experiencia, explican ellas, puede ser bastante diferente: corregir una traducción automática deficiente puede exigir tanta atención, o incluso más, que comenzar desde cero.
Pero hay una preocupación aún más profunda. Si los sistemas tienden a construirse alrededor de las lenguas dominantes, ¿qué ocurre con todas las demás? Marta pone un ejemplo aparentemente pequeño, pero revelador: una traducción del ruso realizada a través del inglés puede perder algo tan elemental como la diferencia cultural entre tratar a alguien de “tú” o de “usted”. La frase sigue llegando al otro idioma, pero parte del mundo que existía dentro de ella se ha perdido. Multipliquemos esa pérdida por miles de idiomas, dialectos, referencias y tradiciones, y la pregunta deja de ser únicamente si una máquina puede traducir. La pregunta es qué parte de nuestra diversidad estamos dispuestos a perder para hacerlo más rápido.
Las palabras viajan porque alguien las acompaña
Después de escuchar a Elia y Marta, me quedé pensando nuevamente en aquella joven que leyó una mala traducción de Hemingway y estuvo a punto de decidir que no le gustaba el libro. Entre un autor y un lector puede existir una distancia de miles de kilómetros, cientos de años y una lengua que ninguno de los dos comparte. El traductor entra precisamente en ese espacio.
No para desaparecer, aunque durante mucho tiempo hayamos hablado del “traductor invisible”. En realidad está ahí, leyendo con una atención extraordinaria, interrogando cada frase, entendiendo una cultura para explicársela a otra y tomando decisiones que determinarán cómo millones de personas conocerán una obra. Traducir es hacer posible un encuentro que, sin esa persona, quizá nunca habría ocurrido.
Y tal vez por eso proteger a quienes traducen también es proteger algo mucho más grande: la posibilidad de que nuestras bibliotecas sigan llenándose de voces que nacieron lejos de nosotros, en idiomas que nunca aprenderemos, pero que aun así pueden llegar a emocionarnos como si hubieran sido escritas para nosotros.
🎧 Escucha mi conversación con Elia Maqueda y Marta Sánchez Nieves en Intangiblia, sobre traducción literaria, derechos de autor, diversidad lingüística, condiciones profesionales, inteligencia artificial y las personas que hacen posible que una historia encuentre nuevos lectores.